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domingo, 3 de septiembre de 2017

'Un monstruo viene a verme', huida


Si hay un terror al que sin distinción en el primer mundo tememos, es a este. Una enfermedad que no atiende a prevenciones, de la que no se puede escapar y a la que cada vez más de nosotros, de una u otra forma, nos vemos obligados a ceder parte de nuestras vidas. Se instala en la familia sin pedir permiso y, con una calma despiadada, destruye no sólo a quien por capricho decidió escoger, si no a todo lo que le rodea. Y es en ese circulo afectado e impotente donde aparece ‘Un monstruo viene a verme’, arrebatando el protagonismo al cáncer, siendo más humana que lacrimógena.

J.A. Bayona firma un relato mucho más fino de lo que se le presuponía, buscando esta vez la conexión emocional a través de la narrativa y no de la trampa. Huye de la manipulación más tosca para centrarse en una historia donde se trata de afrontar la verdad para poder continuar. No es una película sobre el cáncer, que también, si no del proceso anímico en el que uno puede verse atrapado ante una situación donde el universo conocido empieza a resquebrajarse, de como salir de ahí, caminar, seguir caminando.


Técnicamente es exquisita tanto en el diseño del “monstruo” que impone y sosiega casi por igual, como en los pequeños fragmentos de animación que son pura delicia visual. Estos últimos funcionan como representación del subconsciente, un mecanismo de defensa ideado por el niño para huir de la realidad. Historias tan bellas en su superficie como insustanciales respecto a lo que cuentan, voluntariamente intrascendentes tanto para el espectador como para el protagonista, como se puede ver explícitamente en una de las escenas del filme cuando Connor se lo reprocha directamente al monstruo. Una vía de escape inútil - él mismo lo sabe - donde siempre planea en el horizonte aquello de lo que huye, aquello que no quiere ni imaginar.

Hay quien tras el porno melodrama de ‘Lo imposible’ acudía a las salas de cine únicamente con el clínex como baremo, defraudados a su salida por no poder secarse las lágrimas del rostro sin advertir que bajo la superficie, esta película tiene mucho más. Subtramas como lo referido al bulling donde la intención, más allá de subrayar un problema social patente, es comprender como Connor cansado de la compasión inservible de todos, busca en su matón ese castigo que le acerque a la realidad, testando si quizás con ello, sea capaz de enfrentarse a ella.


En general los personajes, salvo la figura del padre algo más desdibujado, están bien tratados en cuanto al guión escrito por Patrick Ness, y más que bien sostenidos en lo que se refiere a las interpretaciones. Lewis MacDougall con solo 12 años aguanta perfectamente la totalidad del metraje. Sigourney Weaver es el pilar familiar y la viva imagen del peso a soportar, y Felicity Jones realiza una actuación digna, dulce y discreta, sin caer en el patetismo y la apetencia de protagonismo.

J.A. Bayona vuelve a demostrar ser un poderoso narrador, en este caso además de excelente gusto, capaz de llevar al público de la mano hasta una catarsis final en primera instancia dolorosa por su verdad reveladora, como finalmente emotiva en su despedida. No me emocionó, no lloré, pero me toco mucho más profundamente que cualquier lágrima que pudiera gastar en ‘Lo imposible’. 


Valoraciones:

Personal: 8 
Filmaffinity: 6,7
Rottentomatoes: 7,6
IMDb: 7,5

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